Cuando tuve que elegir hacia dónde quería enfocar mi futuro, aunque no tenía nada claro, sabía que buscaba algo que me permitiera ayudar a las personas y tuviera relación con el deporte. Así que, finalmente, me decanté por la fisioterapia.

Es cierto que cuando empiezas a estudiar una carrera, estás un poco perdido y el camino lo vas descubriendo conforme pasa el tiempo y conoces a otros profesionales y personas que te orientan y te enseñan, pero yo desde el primer momento estuve segura de que en el futuro trabajaría con caballos.

Recuerdo mis años en la USJ como los más intensos y divertidos: gente nueva, ambiente agradable, pocas preocupaciones… Y también estudiar, pero, vaya… ¡la buena vida del estudiante! 😉 Tengo un buenísimo recuerdo de todos los profesores, sobre todo de las clases prácticas y los divertidos vídeos que tuvimos que hacer en muchas asignaturas. Me quedo especialmente con el ambiente familiar entre alumnos y profesores. También recuerdo con especial cariño todos los momentos vividos con mis compañeros, la tensión antes de los exámenes prácticos y las clases de electroterapia en las que estuvimos a punto de “freírnos” entre nosotros 😂.

Cuando esta etapa en la USJ terminó, trabajé una temporada en un centro y empecé a estudiar un máster que unía mi futuro de fisioterapeuta con los caballos: la hipoterapia. Esta experiencia ha sido claramente increíble en todos los aspectos. No nos imaginamos todos los beneficios a nivel psicológico, sensorial, motórico y social que el caballo nos puede ofrecer hasta que trabajamos con ellos y los conocemos un poco.

Muchos de nuestros pacientes eran niños con afectación a nivel motor y psicológico, pero atendíamos a niños o adultos con algún tipo de discapacidad a cualquier nivel: parálisis cerebral, distrofia muscular de Duchenne, autismo, esclerosis múltiple, síndromes postraumáticos…

Nuestra terapia siempre comenzaba con la limpieza de Esmeralda, nuestra yegua, y seguía con la colocación de la silla y la cabezada. Después, salíamos hasta una rampa terapéutica para montarnos y comenzar a jugar. Hacíamos actividades con una pelota, aros, puzles, cubos de colores, torres enormes, etc. Todo ello con la yegua en movimiento. Estos juegos permiten incluir actividades que estimulen el trabajo a nivel motor, cognitivo, emocional, etc. Con algunos niños también realizamos equitación adaptada, es decir, centrarse en el trabajo del manejo del caballo, aprender a trotar, hacer circuitos… Tras terminar la actividad, volvíamos a la rampa para bajar de Esmeralda y llevarla a su cuadra, quitar la silla y la cabezada y darle su premio final: una zanahoria. Así, creábamos un momento más cercano entre el niño y el caballo. Todas estas actividades eran siempre realizadas con la supervisión de un profesional cualificado y un acompañante que se encargaba de llevar el caballo.

Las terapias con caballos presentan grandes beneficios para personas con y sin discapacidad porque permiten compartir una experiencia con un animal que siente y se mueve como nosotros. Uno de los beneficios principales es el propio movimiento tridimensional del caballo al paso, que repercute en nuestro cuerpo estimulando las diferentes vías neurofisiológicas, pudiendo trabajar el equilibrio, la fuerza muscular y la coordinación, entre otros.

Estas terapias también son beneficiosas porque muchos de los objetivos que se trabajan durante cada sesión se pueden aplicar en las actividades de la vida diaria: empatía, atención, memoria… Además, las terapias ecuestres son únicas porque se realizan en un entorno al aire libre, fuera de espacios cerrados, en la naturaleza. Así que podemos decir que es una terapia integral que ofrece muchos beneficios.

A mí, poder trabajar con estos niños, con sus familias, con nuestra yegua y con mis compañeras me ha aportado una cantidad inmensa de conocimientos y una forma diferente de ver la fisioterapia; he experimentado vivencias y sentimientos especiales y he vivido momentos muy buenos. Ha sido una experiencia ÚNICA e INCREIBLE, que querría seguir desarrollando en un futuro próximo.

Ahora mismo os escribo desde Nay, un pequeño pueblo del sur de Francia, cerca de Pau, a una hora de la frontera con España, donde estoy trabajando en una clínica con varios fisioterapeutas. Al vivir en Francia he aprendido el idioma, que era mi objetivo principal, pero también he podido convivir con otro tipo de cultura y carácteres diferentes. He aprendido a ser más independiente y a apreciar los pequeños detalles con la familia que no tienes a diario al vivir fuera de casa.

Con este año 2020 tan raro, no tengo grandes planes, pero sé que, por el momento, quiero seguir en Francia una larga temporada y, por qué no, realizar terapias ecuestres con mi caballo. Aunque dentro de un tiempo, si todo va bien, mi idea es volver a España.

Para despedirme, a mis compañeros de clase franceses les diría que tendría que haber hablado más francés con ellos durante los cuatro años de carrera, porque habría llegado más preparada a esta aventura, jajaja. Y a los españoles, que tenemos que vernos más, que estamos muy cerca y nos vemos poco.

A todos ellos les diría que sigan haciendo lo que les gusta, que somos jóvenes y tenemos todo el mundo por delante para conseguir y superar todo lo que nos planteemos. ¡O al menos intentarlo! 😊

¡Un abrazo!

Verena