Por, Javier Hernández Ruíz* | Universidad San Jorge |

Quid est veritas? Se interrogaba Pilatos ante el profeta que se proclamaba «testimonio de la verdad». Y eso nos preguntamos hoy todos, porque la verdad no está de moda, parece ser. La posmodernidad puso en la picota a la Ilustración y llevó a la guillotina a los grandes relatos (que encerraban una verdad de pretensiones universales). Como antes le pasó con Dios (a Nietzsche gracias), se prometía la intelligentsia posmoderna que se había quitado ese pesado fardo de certidumbre y/o fe. Pero la ausencia de la verdad todavía fue más dura que el mutis por el foro de la divinidad. La Revolución francesa había quitado la estatua de Nôtre-Dame en la en la homónima catedral parisina para sustituirla por la de la Razón; de esta manera nos quedamos los mortales turo sin Virgen ni diosa. Vamos, que nos dejaron en la intemperie, huérfanos de esas Madres Nutricias que venían alimentando nuestro imaginario desde el Paleolítico Superior. Así pues, no era de extrañar que se sucedieran las invasiones de «bárbaros»; primero los sansculottes –que eran los «populistas robesperrianos» de entonces-, luego los librepensadores y finalmente arribaron los filósofos posmodernos, que dejaron los prados ideológicos como el caballo de Atila dejó los herbáceos. Esa estampida del último cuarto del siglo XX ha ido deconstruyendo todas las certidumbres, pero ese vacío se ha ido llenando de tópicos, estupideces, superchería y toneladas de banalidad. La academia y las élites intelectuales han arrumbado dioses y mitos, pero un pueblo llano que odia a esos señoritos cerebrales (el antiintelectualismo está de moda) se aferra a las creencias más superfluas e inconsistentes: su equipo de fútbol, la Virgen de su pueblo, los ritos ancestrales, el fandom de lo más variado o los improvisados héroes de la tele o las redes sociales (youtubers, influencers, etc.). ¿Los humanos podemos vivir sin fes ni verdades? se preguntaría hoy Pilatos mientras se volvía a lavar las manos.

Cualquiera le respondería que ya nadie cree en la política ni en los políticos tradicionales, pero no es menos cierto que esa desafección está siendo rentabilizada por los charlatanes de feria que han alcanzado incluso la silla imperial; quizá esto ha acaecido porque los que se proclaman políticos profesionales habían sucumbido a un discurso sin significado ni destinatario claros. ¿La antipolítica significa que estamos ante el grado cero de la ideología? Lyotard proclamó la muerte de esos pretenciosos «relatos universales» y en ese cementerio dialéctico impera ahora una «no ideología única» que no se presenta con la apariencia de tal. El Mercado es la única certeza porque es como un Gran Hermano multiforme y multicamuflado que inocula la Única Verdad: «tanto cuestas tanto vales». En su Reino, que sí es de este mundo, los ricos son más ricos y los pobres más pobres, aunque estos eligen a aquellos para que los intenten sacar de la miseria cada vez más globalizada. Transitamos tiempos de paradojas, de lo nunca visto (“ojalá vivas tiempos interesantes», reza una vieja maldición china); muchos agoreros se atreven incluso a establecer paralelismos con los años más oscuros del periodo de entreguerras: ojo, que de los escombros de las creencias brotaron los autoritarismos. Hoy día todo está en cuestión, ya nadie cree en la filosofía, pocos creen en la ciencia, menos en las ideologías… Estamos en un gran poblado globalizado del Far West en el que los maestros, los sabios, los sacerdotes y los políticos son apaleados y se jalea a los vendedores de crecepelo. La verdad se ha extraviado. No la encontraréis en la prensa, que se ha desvelado como otra plataforma para contar historias más o menos manipuladas (como Netflix o Movistar), buscadla en las redes sociales, porque allí al menos recalan las verdades de siete cabezas que agitan las masas (el quinto poder). La verdad ya no hace a nadie libre porque se ha enlatado y se vende en los supermercados. La verdad es acuchillada cada idus de marzo por los nuevos sofistas y nominalistas de la neolengua dominante. Si alguien intenta revivirla se encuentra con la policía o con los «hechos alternativos» (la última arma de destrucción semántica patentada por la Maquiavela del Emperador). Nada es lo que parece y nada parece lo que es. En esta ceremonia de la confusión hacen su agosto los trileros. Porque al poder, con mayúscula, le siguen interesando los malabares, porque al Poder le beneficia la confusión para que nadie decodifique su algoritmo, que es más simple de lo que quieren hacernos creer.

La Verdad y el Poder nunca fue una pareja viable, que se lo pregunten a Pilatos, o a la Botín, a Felipe González o a su amigo Cebrián o a César Alierta. Pero eso poco importa en la «era de la posverdad» donde los hechos irrefutables, contrastables, demostrables se han convertido en simples «hechos alternativos» que se pueden moldear a placer, como la plastilina, como el chicle sabor a banana en la boca del emperador de América. Un emperador tan ignorante como el pueblo embrutecido por el Mercado que gobierna a golpe de una verdad, la suya, que cabe en ciento cuarenta caracteres repartidos Urbi (léase Whasington, Roma ya es solo un parque temático) et Orbe. Como ven ahora todo es más fácil, no solo gracias a la digitalización y las redes sociales, sino porque el poder económico y político se han uncido en una sola persona. Así pues, si Pilatos estuviera al lado de este nuevo emperador todopoderoso no le susurraría al oído, como en la vieja Roma, aquello de «Recuerda que eres mortal», sino esto otro –más acorde con el personaje Trump-: «Recuerda, la posverdad les hará creer que son libres». Y en esas estamos.


* Javier Hernández Ruíz, decano de la Facultad de Comunicación y Ciencias Sociales, Universidad San Jorge